El cambio climático y la COVID-19 constituyen dos grandes desafíos simultáneos para la agricultura en América Latina y el Caribe. Por un lado, la COVID-19 y las respuestas de política para su mitigación han provocado disrupciones en las cadenas de suministros de alimentos, insumos y mano de obra agrícola a nivel global, pérdidas significativas en los ingresos de los agricultores y un mayor interés de los gobiernos en la seguridad alimentaria y la autosuficiencia. Asimismo, la pandemia ha expuesto diversas vulnerabilidades preexistentes en los sistemas agrícolas y alimentarios de la región, tales como la inseguridad alimentaria –vinculada al impacto negativo sobre los ingresos de los hogares rurales–, las debilidades en las cadenas de suministros, los sistemas de distribución de alimentos y de financiamiento. Por otro lado, el cambio climático se caracteriza por sus impactos graduales y de largo plazo sobre el medio ambiente (incrementos de la temperatura, volatilidad de las precipitaciones y la menor disponibilidad de agua), menores rendimientos de los cultivos, cambios en los calendarios agrícolas y en el comportamiento de los consumidores en la región.
Fuente: FMI (2022)
El constante incremento de la temperatura promedio en la región intensificará la ocurrencia y duración de diversos eventos que hoy representan una amenaza para la agricultura en la región. Por un lado, es muy probable que los periodos de sequias y eventos de olas de calor extremo sean cada vez más frecuentes y prologados, lo que conllevará a una mayor desertificación de las zonas semiáridas de la región, mientras que los eventos de frío extremos serán cada vez menos frecuentes. Asimismo, se prevé una caída en la frecuencia y magnitud de las precipitaciones anuales y al inicio de las temporadas de lluvias, lo que incidirá en una reducción de la humedad en el ambiente y un mayor déficit de agua en diversas zonas a futuro. En tanto, la Amazonía se volverá cada vez más susceptible a incendios forestales provocados por las olas de calor, los cuales ocurrirán con una mayor frecuencia y con consecuencias adversas sobre las reservas de carbono y la biodiversidad.
Las mayores temperaturas también acelerarán los procesos de deshielo de glaciares, aumentando el riesgo de inundaciones que afecten los cultivos en las zonas ribereñas; mientras que la variabilidad de las lluvias producto de los fenómenos de El Niño y La Niña extremos se incrementaría significativamente, así como la ocurrencia de deslizamientos de tierras, inundaciones y olas de calor o frío extremos inherentes a dichos fenómenos climatológicos, los cuales impactarán sobre los rendimientos de los cultivos en las zonas costeras.
Gráfico 2: Impactos del Cambio Climático en la Economía

* Estimación preferida sin efecto de fertilización de C02 en la atmósfera
Fuente: FAO (2022), Naciones Unidas (2018)
Las capacidades de los pequeños agricultores y ganaderos en América Latina y el Caribe para su adaptación a las condiciones del cambio climático son reducidas en comparación con otras regiones del mundo. Eventos de calor y frío extremos, así como la disminución de las precipitaciones, afectan principalmente los rendimientos de los cultivos y la seguridad alimentaria de las comunidades indígenas y los pequeños productores, quienes suelen ser más dependientes de las lluvias. Esta situación responde al subdesarrollo de las cadenas de valor productivas y la transferencia incompleta de tecnologías hacia los productores, las que dependen principalmente de las políticas gubernamentales de cada país en materia de medidas de adaptabilidad, financiamiento, capacitación técnica, infraestructura de riego y gestión de aguas, e investigación de nuevas tecnologías.
Los hogares en las zonas rurales son cada vez más vulnerables a la inseguridad alimentaria como resultado de la disminución de la productividad. La agricultura en las zonas semiáridas enfrenta la degradación paulatina de los suelos; la ganadería altoandina y de las llanuras se encuentra expuesta a la reducción de las áreas de pastoreo; mientras que las actividades agropecuarias e infraestructuras ubicadas en las orillas de los ríos corren el riesgo de potenciales inundaciones provocadas por eventos de precipitación extrema y el descongelamiento de glaciares. Por otro lado, el alto crecimiento poblacional y la mayor demanda de alimentos y biocombustibles a nivel mundial han contribuido con la expansión de la agroindustria de monocultivos como la soja, la caña de azúcar y la palma aceitera. No obstante, dichas actividades vienen causando la deforestación, degradación de suelos y aumento de emisiones de carbono por la tala y quema de árboles en la Amazonía.
Las principales opciones de adaptación al cambio climático en la región incluyen medidas de carácter preventivo para contrarrestar la erosión de los suelos; la agricultura climáticamente inteligente (CSA por sus siglas en inglés), que brinda un marco para la promoción la seguridad alimentaria, los medios de vida resilientes y una agricultura resistente al clima mediante de la transformación de los sistemas agrícolas; los sistemas de información climatológica a través del uso de drones y el big data; sistemas de irrigación; entre otras. En ese sentido, la actividad agrícola se mantiene en constante cambio para acomodarse al incremento de las variaciones climáticas y adaptarse a los cambios en la disponibilidad de agua y las nuevas condiciones para el crecimiento de los cultivos.
